lunes, agosto 11, 2014
lunes, junio 23, 2014
Brillo en los ojos de Linneo
En Estética de lo Borde, Smash -parece ser que en la elaboración del manifiesto participaron además de Julio, Gualberto, Antonio y Manuel, el que por entonces hacía las veces de "mánager" del grupo, Gonzalo García Pelayo- dividía el mundo de la siguiente guisa:
El mundo se divide en:
1.1. Hombres de las praderas (Bob Dylan, Jimi Hendrix, Mick Jagger, etc.).
1.2. Hombres de las montañas (Manson, Hitler, etc.).
1.3. Hombres de las cuevas lúgubres (funcionarios).
1.4. Hombres de las cuevas suntuosas (presidentes de consejos de administración, grandes mercaderes).
Los hombres de las praderas son los únicos que están en el rrollo y que han salido del huevo. Sus carnets de identidad son sus caritas. Los hombres de las montañas se enrollan por el palo de la violencia y la marcha física. Los hombres de las cuevas lúgubres se enrollan por el palo del dogma y te suelen dar la vara chunga. Los hombres de las cuevas suntuosas se enrollan por el palo del dinero y del roneo.
Cuenta Díaz Velázquez en uno de los mejores enrrolles que se han hecho aquí sobre todo aquel movimiento de la música underground-progresiva (revista Cau, Barcelona) que cuando alguien preguntó a uno de los Smash si era un hombre de las praderas, le contestó "¿Qué pasa contigo tío? ¿Es que no brillan mis ojos?"
De Qué Va el Rrollo
Jesús Ordovás
Las Ediciones de la Piqueta
Madrid 1977
viernes, junio 06, 2014
Un traje para el emperador
Los reyes y las reinas visten las prendas solamente una vez, aunque
estén cofeccionadas por un sastre o modisto real, y no conocen la
comodidad de unas ropas con las que nos sentimos bien. Sus hombros no
son mejores que los de los caballetes de madera donde se cuelgan las
ropas recién lavadas.
Cada día que pasa nuestras prendas se parecen más a nostros, y reciben la marca del carácter personal, hasta el punto de que retrasamos el momento de deshacernos de ellas, querríamos aplicarles el tratamiento médico y hasta cierto punto la solemnindad parecida a la que tenemos con nuestro cuerpo. Nunca un hombre perdió mi estima por tener un remiendo en sus ropas; sin embargo, estoy seguro de que, por lo general, existe mayor preocupación por llevar ropa a la moda, o por lo menos limpia y sin remiendos, que por vivir con la conciencia sosegada.
Vestid a un espantapájaros con vuestro traje nuevo y deteneos desnudos a
su lado, ¿quién no saludaría antes al espantapájaros? (...) También he
oído hablar de un perro que ladraba a cualquier desconocido que se
acercara vestido a la casa de su dueño, pero se mostraba tranquilo
cuando aparecía un ladrón desnudo.
Sería interesante saber cuánto tiempo resistiría la jerarquía social de los hombres si fueran despojados de sus vestiduras.
Walden
Henry David Thoreau
Colección la Muchcha de Dos Cabezas
Errata Naturae Ediciones
Madrid 2013
domingo, mayo 04, 2014
Heráclito en la playa
Ningún Yo está solo.
Detrás de él hay una cadena incomensurable de aconteceres físicos y -como una clase especial de los mismos- ciertos sucesos intelectuales, a la que pertenece como miembro antagónico y que continúa.
Por la situación momentánea de su somatismo y en especial de su sistema cerebral y por la educación y la transmisión mediante la palabra, la escritura, el monumento, la costumbre, la forma de vivir, el entorno modificado...
por todo eso que denominaremos con mil palabras y que con mil giros no agotaremos, el Yo no está encadenado al acontecer ancestral, no es su (esclusivamente su) producto, sino más bien, en el más estricto sentido de la palabra, lo mismo, su estricta continuación inmediata, como el Yo de los cincuenta años es la continuación del Yo de los cuarenta años.
Es bastante curioso que la filosofía occidental aceptara, casi de forma generalizada, la idea de que la muerte del individuo no significa el fin de nada esencial en la vida, mientras que por le contrario -con la excepción de Schopenhauer- apenas se dignara pensar en el más entrañable y feliz acontecimiento, que va de la mano del anterior: es decir que se cumpla lo mismo para el nacimiento individual, mediante el cual no soy antes creado sino que, en cierto modo, voy despertando lentamente de un profundo sueño.
Así me parece que mi angustia e inquietud, ambición y preocupación no son lo mismo que las de miles que vivieron antes que yo, y puedo creer que trancurridos miles de años todavía podrá cumplirse aquello que yo había implorado hace miles de años por vez primera.
Ninguna idea germina en mí, que no sea la continuación de la de un ancestro y por lo tanto no es un germen joven, sino el desarrollo predeterminado de un brote del vetusto y sagrado árbol de la vida.
Mi concepción del Mundo
Erwin Schrödinger
Superínfimos 12
Tusquets Editores
Barcelona 1988
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viernes, abril 18, 2014
Apología del terrorismo
Nunca hablo de literatura por que no sé lo que es, y además estoy convencido de que el mundo sería igual sin ella. En cambio, estoy convencido de que sería completamente distinto si no existiera la policía. Pienso, por tanto, que habría sido más útil a la humanidad si en vez de escritor fuera terrorista.
Retratos y Autorretratos
Sara Facio y Alicia D'Amico
Ediciones Crisis
Buenos Aires 1973
viernes, abril 04, 2014
Estadística catódica
"Un momento", dije, "quiero comprender cómo hacéis el truco. Vosotros habláis siempre de porcentajes, diez, veinte, cinco, cincuenta por ciento, pero nunca decís de qué es el tanto por ciento". Parecía atontado, cuando tomó la copa de coñac, bebió y me miró. "Quiero decir", dije, "que no he aprendido mucho de cálculos, pero sé que el ciento por ciento de medio pfenning es medio pfenning, mientras que el cinco por ciento de mil millones son cincuenta millones... ¿comprendes?".
"Dios mío", dijo, "¿te sobra tanto tiempo para la televisión?".
Opiniones de un Payaso
Heinrich Böll
El País - Clásicos del Siglo XX
Madrid 2002
viernes, marzo 28, 2014
Un ejemplo agudo
Tomemos un ejemplo. Supongamos que, en un momento determinado, cierto número de personas trabaja en la manufactura de alfileres. Trabajando -digamos- ocho horas por día, hacen tantos alfileres como el mundo necesita. Alguien inventa un ingenio con el cual el mismo número de personas puede hacer dos veces el número de alfileres que hacía antes. Pero el mundo no necesita duplicar ese número de alfileres: los alfileres son ya tan baratos, que difícilmente pudiera venderse alguno más a un precio inferior.
En un mundo sensato, todos los implicados en la fabricación de alfileres pasarían a trabajar cuatro horas en lugar de ocho, y todo lo demás continuaría como antes. Pero en el mundo real esto se juzgaría desmoralizador. Los hombres aún trabajan ocho horas; hay demasiados alfileres; algunos patronos quiebran, y la mitad de los hombres anteriormente empleados en la fabricación de alfileres son despedidos y quedan sin trabajo.
Al final, hay tanto tiempo libre como en el otro plan, pero la mitad de los hombres están absolutamente ociosos, mientras la otra mitad sigue trabajando demasiado. De este modo, queda asegurado que el inevitable tiempo libre produzca miseria por todas partes, en lugar de ser una fuente de felicidad universal. ¿Puede imaginarse algo más insensato?
Elogio de la Ociosidad y Otros Ensayos
Bertrand Russell
Editorial Edhasa
Barcelona 1986
sábado, febrero 22, 2014
Un mundo mejor
El 13 de mayo de 1981 entré en una mercería de Aluche de la
mano de mi madre. Cuando ella pidió no recuerdo qué, la dependienta la
ordenó callar: en ese mismo instante estaban dando la noticia en la
radio de que habían disparado al papá de alguien en Roma, que era un
lugar muy lejano donde hablaban otro idioma. Mi madre parecía tan
impresionada como la mercera, y ambas permanecieron calladas mientras la
voz de la radio explicaba los detalles con una voz monocorde que
convertía su discurso en algo incomprensible para mis oídos de cuatro
años.
Pero para mí fue muy tranquilizador descubrir que, en un mundo que
yo ya empezaba a intuir violento y despiadado más allá de los límites
de mi entorno cercano, había cosas vulnerables sólo excepcionalmente,
cosas cuya destrucción escandalizaba a todos los seres humanos de
cualquier país y dejaba a la gente callada y expectante junto a la
radio. Era un mundo que entendía el valor sagrado de la paternidad. Es
que es verdad, hombre: a un papá no se le dispara; ¿qué mundo sería éste
si eso se tolerara?
Por eso el 13 de mayo de 1981, mientras millones de católicos
rezaban por la vida de Juan Pablo II yo, por una pirueta etimológica, me
sentí más seguro que nunca.
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