jueves, enero 18, 2007

Memorias sin palabras

Lllega un momento que parece que uno dibuje para su blog. Y eso sí que no; yo dibujo porque me gusta y porque lo disfruto. Así que voy a la estantería donde hay cerca de 30 cuadernos, cojo uno, y recuerdo lo que dibujaba hace siete años.

Y me acuerdo de los sillones que estuvieron tanto tiempo en casa de mis padres, en los que descubrí el cine, la lectura, y más cosas que me callo.

Me acuerdo de la enciclopedia Fauna cuyas hojas pasaba sentado en esos sillones con cuatro ó cinco años, fascinado con las fotografías. Recuerdo cómo cortaban aquellas hojas.

Y me acuerdo de la única vez que he conseguido sacar un peluche de la puñetera atracción de feria de la pincita que baja con los botones. Y de quién se enfadó porque no se le regalé. Y de que aún cuelga del retrovisor de mi coche, que por entonces aún no tenía, pero con el que hace juego.
No hay sensación más agradable que mirar atrás y no arrepentirse.

3 comentarios :

lagata dijo...

Me temo que conozco esos sillones, me temo que en ellos tomé una decisión importante que ha marcado los 3 útlimos años de mi vida (para mejor, of course) y sobre todo me temo lo que no cuentas que hicistes en ellos. Menos mal que no lo supe antes...

victorzurdo dijo...

Puedes estar tranquila, gatazurda: el juego completo incluía un tres plazas (¿o eran cuatro?)

Aitana dijo...

Imposible sacar un maldito peluche o semejante de esas malditas máquinas. Sin embargo siempre tuve suerte con los premios de los helados. Recuerdo una boda en Burgos, donde mi padre conoció a su actual esposa, en la que mi prima Gretta y yo nos sacamos cinco helados gratis, seguidos, de esos que eran sabor cocacola que era un cilindro con un palo rojo.
No hay mayor felicidad cuando uno tiene diez años.