martes, noviembre 03, 2009

Analfabetos Vs. Bagdad

Probablemente no llegaría a los tres años cuando descubrí que, al principio de muchos de los libros que llenaban las estanterías de casa, había una o dos hojas en blanco sin utilidad aparente. Como por entonces ya había descubierto el placer de pasear un bolígrafo por un papel, y dejar su trayecto dibujado para siempre, encontré en esas hojas un espacio idóneo para dejarme llevar por mis incipientes inquietudes artísticas.
Menuda bronca me cayó. Quedó muy claro el carácter sagrado que en casa se le atribuía a los libros: cada libro es valioso, porque es fuente de conocimento; destruir un libro es robarle a los demás la oportunidad de aprender; los libros no se doblan, no se mojan, no se manchan, no se escriben (bueno, si es flojito y con lápiz...); un libro que se deteriora por las repetidas lecturas acumula dignidad; el que estropea un libro, la pierde. Julio César, responsable, según se dice, del primer gran incendio de la Biblioteca de Alejandría, lo sabía. Por eso en sus memorias negaba su responsabilidad en el desastre. La vergüenza no exculpa del delito, pero delata al infractor.
La mayor parte de la primera edición de Calcuta de Las Mil y Una Noches (1814-1818) se perdió en un naufragio. Los pocos ejemplares superviventes han ido sucumbiendo a desafortunados incidentes, como el incendio de Bonn durante la II Guerra Mundial. En torno a abril del 2003 un incendio y varios saqueos producidos en la Biblioteca Nacional de Bagdad supusieron una pérdida irremplazable para la humanidad: textos de Omar Khayyam, Averroes o Avicena se perdieron para siempre. También algunas ediciones muy antiguas de Las Mil y Una Noches, entre otros muchos libros e incunables, fueron destruídos o sustraídos. En el contexto bélico en el está sumido la ciudad, era previsible. Lo más triste de todo es que, en Las Mil y Una Noches, a Bagadad se la denomina por el sobrenombre de Medinet Es Salam, la Ciudad de la Paz.
Ahora que saboreo la edición de Planeta de los sesenta, lamento con todo mi corazón que en casa de los responsables de ese desaguisado nadie les enseñara las cosas importantes. Una semana sin postre, o sin ver la tele, habría sido preferible a esto: seguramente esos libros, bajo su punto de vista, no son una gran pérdida.
En realidad, visto lo visto, lo más probable es que apenas sepan leer.

lunes, octubre 26, 2009

Conquistadores a cada paso

Si observan con atención un paso de cebra durante un rato comprobarán, como yo, que hay tres tipos de peatones, y su naturaleza queda siempre delatada por el muñequito verde que parpadea en el semáforo.
Algunos tiran la toalla, se apoyan en el semáforo o farola más cercanos, y esperan una ocasión más propicia para cruzar con calma. No tienen prisa, ni ganas de correr, pero sí una fundada esperanza en tiempos mejores para hacer las cosas como es debido.
Otros entienden el parpadeo como un pistoletazo de salida. Emprenden una carrera desesperada y, fijándose con atención, casi se puede leer el pánico en sus ojos. No tienen miedo al atropello; ese tipo de desgracias no suele avisar con señales luminosas. Seguramente tienen miedo, sobre todo, a ser descubiertos en el lugar inadecuado en el momento inadecuado, a convertirse de pronto en un error, en el origen del caos que, inevitablemente, provocarán en el tráfico cuando los coches arranquen de nuevo.
Existe, por fin, un último tipo de viandante: corre, con cierta desgana, hasta la mitad de la calle. Pero, a partir de ese momento, completa el recorrido hasta el otro lado sin prisa. Considera que, una vez alcanzado el punto medio del paso de cebra, ha conquistado el derecho a llegar hasta el final. A este peaton no le preocupan los pitidos de los conductores indignados, porque sabe que no arrancaran antes de tiempo.

¿Serán los mismos conductores los que están a punto de atropellar al corredor de sprint, y los que soportan con frustración la indolencia del conquistador de pasos de cebra ?

miércoles, octubre 21, 2009

Sabor a carne de oso

La guía, por otra parte, no la llevaba porque tuviese fe en ella, todo lo contrario. La rechazaba porque la consideraba una atadura, es más, como una criatura bastarda, un híbrido detestable de papel, nieve y roca. La llevaba de excursión para vilipendiarla, feliz cuando podía pillarla en un error, ya fuera a sus propias expensas o a las de sus compañeros de ascenso. (...)
-¿Y para bajar?
-Para bajar ya veremos -contestó. Y añadió misteriosamente-: Lo peor que nos puede ocurrir es que tengamos que probar carne de oso.
(...) Pero volvimos al valle por nuestros propios medios, y al posadero, que nos preguntaba riendo cómo lo habíamos pasado mientras miraba de reojo nuestras caras de loco, le contestamos descaradamente que habíamos hecho una excursión preciosa, pagamos la cuenta y nos fuimos con toda dignidad. Aquella era la carne de oso. Y ahora que han pasado tantos años, me arrepiento de haber comido poca, porque entre todo lo que la vida me ha concedido de bueno, nada ha tenido ni de lejos el sabor de aquella carne, que es el sabor de sentirse fuertes y libres, libres incluso de equivocarse, y dueños del propio destino.

Hierro
El Sistema Periódico

Cuentos Completos

Primo Levi
EL Aleph Editores
Barcelona 2009

viernes, octubre 16, 2009

Las, palabras justas

[El vitandín] intuye que las palabras no son herramientas neutrales, sabe que las palabras que utiliza configuran ya su identidad y las desmiente para sí mismo, para no apegarse a ellas.
Sabe que articulan su inteligencia y saturan cada poro de su piel. Sabe que no es posible tratar al lenguaje como algo externo, algo de lo que se pudiera disponer o no.
El vitandín propone un trabajo sobre el lenguaje que reconoce, por un lado, la necesidad, ineludible, de lidiar con las palabras y por otro la ostentación, imposición y proyección con las que las palabras abruman al mundo, lo obstaculizan y lo ciegan.

Arte de Probar. Ironía y Lógica en la India Antigua.
Juan Arnau.
Fondo de Cultura Económica.
Madrid 2008.

viernes, octubre 09, 2009

Val escaleras arriba

Conocí a Val en Orchha, y me regaló una conversación deliciosa. Profesora jubilada, había dedicado gran parte del tiempo libre de su vida a viajar por todo el mundo, casi siempre sola, y mantenía los ojos bien abiertos en todo momento. Era asombrosa la velocidad con la que subía las escaleras para no perderse detalle del paso de la comitiva que celebraba la fiesta de Ganesh.
Val me confesó que el mundo era un lugar cada vez más feo para viajar, pero a pesar de todo continuaba viajando siempre que le era posible. Creo que ella no pensaba con tristeza en todo lo que ya no está, porque la fascinación de lo que queda acaparaba toda su atención.
Lo cierto es que en Benarés, mientras un inesperado chaparrón agrupaba a indios y viajeros al refugio de la lluvia, sentí por primera vez en mi vida que no llegaba tarde a conocer un lugar, que hacía cientos de años aquel sitio había sido esencialmente igual a como era en aquel momento. Val sabía que no se puede vencer al tiempo pero que, a veces, estamos a tiempo de ganarle por la mano.
Corred, subid las escaleras con asombrosa velocidad, porque el mundo se acaba, se consume, se adultera, pero aún estamos a tiempo de llegar primero.
No dejéis que os lo cuenten.

viernes, octubre 02, 2009

Confucio en la miseria


Cuando, junto con sus discípulos, iba llegando a Chen, se les agotaron las provisiones y muchos del séquito se pusieron tan enfermos que eran incapaces de levantarse. Zilu, que veía esto con gran disgusto, dijo : "¿También el hombre superior tiene que pasar por estas miserias?". A lo que respondió Kong Qiu: "Ciertamente que sí, pero es el hombre vulgar el que pierde toda compostura si tiene que sufrirlas"
Lunyu XV, 1
cdo. China. Historia del pensamiento.
Jesús Mosterín.
Alianza Editorial. Madrid 2007.

viernes, septiembre 25, 2009

Compañeros de viaje

Ya me referí en otra ocasión a los extraños paralelismos entre los viajes a la India y viajes de otra índole muy distinta (¿o quizá no tanto?). Me preocupaban bastante la siete horas de espera en el aeropuerto de Moscú a la vuelta, porque temía que para entonces no dispondría de lecturas ni paciencia suficientes para pasar un rato agradable. Me equivocaba, pero eso n0 importa:No volvíamos de Laos, de las Seychelles ni de Damasco, pero aun así lo importante es la compañía y, en el lento volver a la realidad cotidiana, las conversaciones que se mantienen con los compañeros de viaje sobre las experiencias vividas y las interpretaciones que faciliten su digestión son probablemente la parte fundamental. Discutíamos con la lección del elefante flotando sobre nuestras cabezas, con la certeza de que ninguno tiene más razón que el otro.
Me faltaba Pawan, el joven monje budista que me acompañó durante varios días. A base de honradez de espíritu me hizo saltar por encima de la lengua, la cultura, la raza, la religión y la edad para mirar a otra persona sin prejuicios, sin disimular la curiosidad por lo diferente y lo nuevo, pero sin dejar que esa curiosidad cobre el protagonismo.
Me parece que Pawan piensa que todo lo demás, lo que una persona seguiría teniendo si hubiera nacido en otra vida, es mucho más interesante.

viernes, septiembre 11, 2009

Huevos, gallinas y relojes


No es extraño, si uno lo piensa bien, que las religiones que nacieron en este país tengan en la base de su filosofía que cada acto tiene una consecuencia inevitable, y que esa concatenación de causas, más que una cadencia regular de sucesos independientes, es el tiempo. Cuando los estudiosos occidentales se enfrentan a la historia de la India antigua, se las ven en figurillas para construir cronologías con el rigor al que están acostumbrados. Todo está documentado desde mucho antes de que se registrara por escrito la historia de occidente. Pero no hay ninguna fecha.

Lo que no consigo adivinar es si el transcurrir del tiempo en la India viene determinado por su manera de entenderlo, o si lo entienden así precisamente porque así es como inevitablemente funciona. ¿Es el mundo el que configura la mirada de la humanidad, o la humanidad define el mundo con su mirada? Los hindús, seguramente se quedan con la primera opción; los budistas hacen suya la segunda.

Si por lo menos supiéramos cuál es el huevo, y cuál es la gallina....