miércoles, enero 06, 2010

Ineludibles

¿Beatles o Rolling Stones?
¿Perros o gatos?
¿Coche o moto?
¿Nikon o Canon?

¿Metro o autobús?
¿Vinilo o MP3?
¿Letras o ciencias?
¿Mac o PC?

¿Oriente u occidente?
¿Gasolina o diésel?
¿Vivir o sobrevivir?
¿Falda o pantalón?
¿Nudista o textil?

¿Escalera o ascensor?
¿Analógico o digital?
¿Color o blanco y negro?
¿A mano o a máquina?

¿Ahora
o nunca?

lunes, diciembre 21, 2009

Resucitar o coger

Se cuenta que el Emir de los creyentes, Harún al-Rasid, pasaba una noche entre dos esclavas: una medení y la otra kufí. La primera le acariciaba los pies y la segunda las manos. La mediní conseguía que la mercancía se levantase. La kufí le dijo: "Veo que quieres apropiarte, tu sola, del capital. Dame mi parte." La mediní contestó: "Malik, que lo sabía de Hisam b Urwa, que lo había oído referir a su padre y éste había conocido al Profeta, refiere: "Quien resucita una tierra muerta, la hace suya para sí y sus descendientes"."
La kufí dio un empujón a la mediní, lo cogió todo con sus manos y dijo: "Al-Amás, que lo sabe de Jaitama, que lo sabe de Abd Allah b. Masud, y éste del Profeta refiere: "La caza pertenece a quien la coge, y no a quien la levanta"."
Noche 387
Las Mil y Una Noches V. II
Traducción y notas de Juan Vernet
Editorial Planeta. Barcelona, 1965

jueves, diciembre 10, 2009

La página que me salvó la vida

Carmelita Montiel, una virgen de veinte años, acababa de bañarse con agua de azahares y estaba regando las hojas de romero en la cama de Pilar Ternera, cuando sonó el disparo. El coronel Aureliano José estaba destinado a conocer con ella la felicidad que le negó Amaranta, a tener siete hijos y a morirse de viejo en sus brazos, pero la bala de fusil que le entró por la espalda y le despedazó el pecho, estaba dirigida por una mala interpretación de las barajas.
El capitán Aquiles Ricardo, que era en realidad quien estaba destinado a morir esa noche, murió en efecto cuatro horas antes que Aureliano José. Apenas sonó el disparo fue derribado por dos balazos simultáneos, cuyo origen no se estableció nunca, y un grito multitudinario estremeció la noche.
-¡Viva el partido liberal! ¡Viva el coronel Aureliano Buendía!
A las doce, cuando Aureliano José acabó de desangrarse y Carmelita Montiel encontró en blanco los naipes de su porvenir, más de cuatrocientos hombres habían desfilado frente al teatro y habían descargado sus revólveres contra el cadáver abandonado del capitán Aquiles Ricardo. Se necesitó una patrulla para poner en una carretilla el cuerpo apelmazado de plomo, que se desbarataba como un pan ensopado.
Cien Años de Soledad
Gabriel García Márquez
Edición Conmemorativa
Real Academia Española
Asociación de Academias de la Lengua Española
2007

lunes, noviembre 30, 2009

Fomento del dibujo en la telefonía fija


Antes, casi siempre había un cuadernito para apuntar junto a los teléfonos fijos. Los detectives sombreaban con un lápiz blando la hoja siguiente a la del dato crucial, porque sabían que los secretos se escriben con más intensidad que el resto de las notas.

Esos cuadernitos, sin embargo, acumulaban con el paso del tiempo, más que secretos latentes o visibles, misteriosos dibujos repetitivos, que según algunos revelaban la personalidad del aburrido usuario del teléfono. Cuadrículas, mandalas, muñequitos, el propio nombre, o bien otro más secreto, círculos o cubos salpicaban las páginas del cuadernito, y con frecuencia llegaban a arrinconar los teléfonos y direcciones para los que, en principio, habían sido concebidos.
Tantos ratos perdidos esperando con el teléfono en la mano... Si pudiera recuperar esos momentos para hacer con ellos lo que quisiera, cogería un cuadernito muy pequeño, y dibujaría sin pensar lo primero que se me ocurriera.
Y luego, sombrearía con lápiz blando la pagina siguente.

miércoles, noviembre 18, 2009

Lo prometido

El otro día me crucé en el espejo con un señor con bigote, y caí en la cuenta de que era el momento de rendir cuentas sobre aquella eterna promesa que escuchábamos de pequeños: lo entenderás cuando seas mayor.

Bueno, sigo sin entenderlo.
Y podéis dejar de disimular; ya sé que los demás tampoco.

lunes, noviembre 09, 2009

Historia de un dibujante

En una revista que circulaba por casa cuando yo era pequeño se daba un caso de extrema crueldad hacia un dibujante. A pesar de que las fotocopiadoras ya estaban inventadas, se le solicitaba la réplica exacta de un dibujo ya existente.
Estaba claro que aquel pobre señor se había esforzado al máximo; sin embargo, había cometido siete errores. Aunque la reproducción estaba realmente lograda, y sin duda servía para sus propósitos, parece ser que alguien arriba se lo había tomado a mal, y había decidido dar un buen escarmiento. Ambos dibujos fueron publicados, explicando lo sucedido, y se retaba al lector a encontrar esos errores, para escarnio del pobre dibujante. El episodio se repetía cada semana, y el dibujante, por orgullo o fatalidad, siempre cometía siete errores.
Lo cierto es que, a excepción de los siete inevitables errores, las reproducciones eran cada vez más y más conseguidas, hasta el punto de que, considerando que los dibujos eran definitivamente diferentes, era imposible decir en cual de ellos estaban los errores, y en cual los aciertos.

martes, noviembre 03, 2009

Analfabetos Vs. Bagdad

Probablemente no llegaría a los tres años cuando descubrí que, al principio de muchos de los libros que llenaban las estanterías de casa, había una o dos hojas en blanco sin utilidad aparente. Como por entonces ya había descubierto el placer de pasear un bolígrafo por un papel, y dejar su trayecto dibujado para siempre, encontré en esas hojas un espacio idóneo para dejarme llevar por mis incipientes inquietudes artísticas.
Menuda bronca me cayó. Quedó muy claro el carácter sagrado que en casa se le atribuía a los libros: cada libro es valioso, porque es fuente de conocimento; destruir un libro es robarle a los demás la oportunidad de aprender; los libros no se doblan, no se mojan, no se manchan, no se escriben (bueno, si es flojito y con lápiz...); un libro que se deteriora por las repetidas lecturas acumula dignidad; el que estropea un libro, la pierde. Julio César, responsable, según se dice, del primer gran incendio de la Biblioteca de Alejandría, lo sabía. Por eso en sus memorias negaba su responsabilidad en el desastre. La vergüenza no exculpa del delito, pero delata al infractor.
La mayor parte de la primera edición de Calcuta de Las Mil y Una Noches (1814-1818) se perdió en un naufragio. Los pocos ejemplares superviventes han ido sucumbiendo a desafortunados incidentes, como el incendio de Bonn durante la II Guerra Mundial. En torno a abril del 2003 un incendio y varios saqueos producidos en la Biblioteca Nacional de Bagdad supusieron una pérdida irremplazable para la humanidad: textos de Omar Khayyam, Averroes o Avicena se perdieron para siempre. También algunas ediciones muy antiguas de Las Mil y Una Noches, entre otros muchos libros e incunables, fueron destruídos o sustraídos. En el contexto bélico en el está sumido la ciudad, era previsible. Lo más triste de todo es que, en Las Mil y Una Noches, a Bagadad se la denomina por el sobrenombre de Medinet Es Salam, la Ciudad de la Paz.
Ahora que saboreo la edición de Planeta de los sesenta, lamento con todo mi corazón que en casa de los responsables de ese desaguisado nadie les enseñara las cosas importantes. Una semana sin postre, o sin ver la tele, habría sido preferible a esto: seguramente esos libros, bajo su punto de vista, no son una gran pérdida.
En realidad, visto lo visto, lo más probable es que apenas sepan leer.

lunes, octubre 26, 2009

Conquistadores a cada paso

Si observan con atención un paso de cebra durante un rato comprobarán, como yo, que hay tres tipos de peatones, y su naturaleza queda siempre delatada por el muñequito verde que parpadea en el semáforo.
Algunos tiran la toalla, se apoyan en el semáforo o farola más cercanos, y esperan una ocasión más propicia para cruzar con calma. No tienen prisa, ni ganas de correr, pero sí una fundada esperanza en tiempos mejores para hacer las cosas como es debido.
Otros entienden el parpadeo como un pistoletazo de salida. Emprenden una carrera desesperada y, fijándose con atención, casi se puede leer el pánico en sus ojos. No tienen miedo al atropello; ese tipo de desgracias no suele avisar con señales luminosas. Seguramente tienen miedo, sobre todo, a ser descubiertos en el lugar inadecuado en el momento inadecuado, a convertirse de pronto en un error, en el origen del caos que, inevitablemente, provocarán en el tráfico cuando los coches arranquen de nuevo.
Existe, por fin, un último tipo de viandante: corre, con cierta desgana, hasta la mitad de la calle. Pero, a partir de ese momento, completa el recorrido hasta el otro lado sin prisa. Considera que, una vez alcanzado el punto medio del paso de cebra, ha conquistado el derecho a llegar hasta el final. A este peaton no le preocupan los pitidos de los conductores indignados, porque sabe que no arrancaran antes de tiempo.

¿Serán los mismos conductores los que están a punto de atropellar al corredor de sprint, y los que soportan con frustración la indolencia del conquistador de pasos de cebra ?